Discriminación en los medios de comunicación
Los medios de comunicación se han convertido en los principales
difusores del racismo y la discriminación racial en Colombia. Esto ocurre desde
el siglo XIX y en la actualidad no ha cambiado la situación. En los periódicos
nacionales y canales de televisión (privados y públicos) con frecuencia se usa
un lenguaje ofensivo y humillante al momento de nombrar y/o caracterizar a la
gente afrocolombiana, hecho que fortalece la discriminación racial a través del
lenguaje. De allí que sea normal que los(as) colombianos(as), comenzando por
los(as) niños(as), reproduzcan el léxico racista de los comerciales de
televisión, las telenovelas y los artículos de prensa.
A los(as) afrocolombianos(as) se les dice morochos(as), negritos(as),
niches, negros(as), etc., en los medios de comunicación. Estos, en especial los
canales privados de televisión, rara vez contratan afrocolombianos(as) y cuando
lo hacen tienden a mostrarlos(as) como personas destinadas a trabajar en la
servidumbre, simplemente por el hecho de ser personas afro - lo cual alimenta
la discriminación racial, precisamente ligada a estereotipos racistas. Tales
estereotipos también se presentan en el uso del adjetivo “negro” para referirse
a lo malo, sucio, ilegal o feo, algo que históricamente ha generado rechazo
hacia el color negro y la gente negra.
RECOMENDACIONES CONCRETAS
1) Cuestionar los estereotipos que el sentido común establece en
relación con la desigualdad
y las diferencias haciendo visible que las imágenes binarias,
construidas a partir de rasgos
asignados a mujeres y varones como características constantes, atemporales
y ahistóricas de
“lo femenino” y “lo masculino”, se basan en procesos ideológicos. Esta
tipología es la que
habilita la burla y el desprecio hacia prácticas que no responden a
los parámetros de
“normalidad” (hombre blanco, heterosexual, de clase media). Esto alude
no sólo a las imágenes
de géneros sino también a situaciones que involucran lo etario, lo
étnico, lo familiar o los roles
laborales. En la medida en que los estereotipos son usados para
afirmar la aparente
“regularidad” de una situación, hay que tener presente que limitan a
los sujetos a un espectro
restringido de actuaciones o acciones o profesiones que luego se
naturalizan como “lo real”.
Por ejemplo cuando se restringe las prácticas de colectivos
identitarios trans al espectáculo o la
prostitución. Se plantean situaciones similares en los estereotipos
del gay peluquero o
decorador, la lesbiana deportista, el o la afrodescendiente
bailarín/a.
2) Evitar los abordajes que plantean “las dos campanas del problema” y
ponen en
igualdad de posición los prejuicios y enunciados discriminatorios con
los no
discriminatorios. Este tipo de tratamiento periodístico desconoce que
no se pueden
considerar las aseveraciones a favor de la discriminación y exclusión
del género y la diversidad
sexual y los enunciados antidiscriminatorios como argumentos
igualmente válidos y atendibles
para la deliberación de una opinión pública democrática. Es frecuente
que, como justificación
de este enfoque, se recurra a la famosa teoría de “las dos campanas” o
al imperativo de la
búsqueda de una cobertura mediática lo más “objetiva” o “ecuánime”
posible. Los problemas de
este tipo de exposición se vuelven evidentes si aplicamos la misma
lógica a casos que el
sentido común en Argentina prioriza, como el repudio a toda forma de
exterminio, aunque el
rechazo de argumentos que justifican el racismo no le impida
legitimar, por reclamo u omisión,
el control y la represión. En el mismo sentido, se deben enmarcar los
debates con la Iglesia
Católica (por ejemplo, en relación con el aborto) en el plano político
ya que esta institución
debe ser considerada como un agente de lobby e intervención en este
campo. Los abordajes
sobre temas discriminatorios se deben contextualizar siempre en los
debates sobre el acceso a
derechos humanos y no presentarlos como meros "intercambios de
opiniones". Tanto la
supuesta objetividad como la teoría de las dos campanas sostienen y
legitiman,
ideológicamente, la desigualdad de clase, la criminalización y la
represión de los individuos y
colectivos involucrados.
3) No desconocer ni descuidar aspectos sociales, culturales y
políticos más amplios en
la cobertura de las historias personales, para evitar las
presentaciones naturalizadas de
las identidades de géneros y las orientaciones y prácticas sexuales no
normativas. Estas
naturalizaciones no sólo invisibilizan sino que impiden la discusión
colectiva sobre las
condiciones en las que estas identidades se producen (por ejemplo,
condiciones de pobreza,
explotación, persecución, exclusión social, étnica, de género etc.).
Sugerimos evitar
caracterizaciones y “perfiles” que impliquen una naturalización del
prejuicio, la burla y/o el
insulto, o la exposición de los conflictos por géneros u orientaciones
y prácticas sexuales no
normativas como nota de color o pintoresquismo.
4) Tratar como prácticas discriminatorias los gestos, epítetos o
comentarios burlescos o
injuriosos producidos por miembros de la industria del espectáculo, el
deporte o por
celebridades públicas que suelen justificar sus enunciados excluyentes
al considerarlos
dentro de sus “contextos particulares”. Se debe recordar que parte de
la responsabilidad
periodística es contextualizar las prácticas discriminatorias aunque
gocen de popularidad o
aceptación por las situaciones en las que son producidas y
consideradas como “excepcionales”
o incluso “triviales” cuando constituyen acciones que deben discutirse
en el marco político de
sus efectos ideológicos.
5) Considerar las designaciones discriminatorias como tales, señalarlas
críticamente
contra el carácter extendido y naturalizado de su uso cotidiano. Es
necesario recordar que
tanto la Constitución Nacional como la de la Ciudad de Buenos Aires no
admiten la figura de
“delito de autor”, es decir, imputaciones basadas en el color de piel,
la edad, el género o la
condición social, conocidas como “portación de cara”.
6) Consultar con los movimientos antidiscriminatorios y
antirrepresivos o con los
colectivos involucrados cuando se informa sobre historias,
experiencias o situaciones
relacionadas con personas pertenecientes a esos colectivos. La
inclusión de estas voces
no sólo colabora con la riqueza y la complejidad de la información (es
habitual que en el
periodismo contemporáneo se consideren como “expertos” a los activistas
de los distintos
movimientos políticos) sino que permite situar la creciente supremacía
que tienen los agentes
de gobierno (ministerios, secretarías de estado, etc.), empresas y
corporaciones en la
producción de opinión pública, como legitimación de modos de autoridad
y hegemonía.
Buen articulo, retrata muy bien la función de los medios que son cajas de resonancia de intereses al margen del bien público.
ResponderEliminarEs lo que obtenemos gracias a las "leyes" que son omitidas por muchos medios que deberían ser de comunicación,pero se han convertido en negocios familiares. Interesante info!
ResponderEliminarinteresante información , los medios son el opio de la sociedad
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